Estado de emergencia climática

Greenpeace

Afortunadamente, no todo son malas noticias. El mundo entero se está movilizando masivamente frente al cambio climático, con la juventud a la cabeza. Estos movimientos sin precedentes están forzando que universidades, alcaldías e incluso gobiernos estén promulgando declaraciones de emergencia climática. Ya lo han hecho parlamentos como el británico y el irlandés o gobiernos como el escocés. Aquí, la semana pasada Cataluña aprobaba, por primera vez en España, una declaración de emergencia climática. Ahora es el turno del nuevo Gobierno y los que se formen a nivel municipal y autonómico tras las elecciones de este domingo.

Pero no basta con una declaración vacía tras la que luego se mantengan las mismas políticas que nos han traído hasta aquí. Hacen falta compromisos reales y propuestas concretas, como el cierre de todas las centrales térmicas de carbón para 2025, un sistema energético 100% renovable para 2030 o reducir todas las emisiones de CO2 a cero para 2040 en la Unión Europea.

El déficit de cuidados paliativos

La tercera edición del Atlas de Cuidados Paliativos de la Asociación Europea de Cuidados Paliativos (EAPC) ha confirmado que estos servicios están estancados en España, además de existir desigualdad territorial en su implantación.

300.000 individuos mueren cada año en España, de los que 130.000 presentan necesidades complejas en su abordaje clínico, y de los cuales 1.400 son niños.

El equipo de investigación del Programa Atlantes del ICS, en su presentación del Atlas de Cuidados Paliativos de la EAPC, situó a España país como séptimo de Europa en Cuidados Paliativos, con un ratio de 0,6 por cada 100.000, es decir, muy por debajo del umbral aconsejado por la EAPC.

Todo ello con el resultado de que 80.000 personas fallecieron en 2018 sin Cuidados Paliativos de ningún tipo, lo que sitúa a España, en el mismo pelotón que Rumanía, República Checa y Letonia, y por detrás de países como Portugal y Bulgaria.

También es un atraso que España sea el único país sin esta especialidad en Cuidados Paliativos, aunque sí vio positivo que se estudien como asignatura obligatoria en el 50 por ciento de las Facultades españolas de Medicina y casi el 60 por ciento de las escuelas de Enfermería.

Marketing farmacéutico, epidemias iatrogénicas y el legado de SacKler


Este artículo fue publicado el 10 de abril de 2019 en NEJM.org.

En 2018, en Massachusetts se reunieron más de dos docenas de estados para demandar a Purdue Pharma, fabricante del medicamento OxyContin, ante la actual «epidemia y crisis de los opiaceos». La familia Sackler que es la accionista mayoritaria de la compañía, ha obtenido inmensas ganancias a costa de la salud del público, con prácticas que han manipulado a los prescriptores, las revistas médicas y las guías clínicas. Un grave ejemplo del rol del marketing en la educación y la práctica de los médicos y que no tiene otra finalidad que vender medicamentos a los médicos, creando un interfaz entre la industria farmacéutica y los médicos prescriptores.

Después de que la penicilina ingresara en el mercado, a mediados de la década de 1940, los antibióticos prometían tiempos de auge para las compañías farmacéuticas estadounidenses. En 1950, Lederle, Parke-Davis y Pfizer habían comercializado la aureomicina (clortetraciclina), la cloromicetina (cloranfenicol) y la terramicina (oxitetraciclina), respectivamente, los primeros antibióticos de “amplio espectro”, todos ellos con marcas comerciales y sujetos a patentes. Pfizer para vender la Terramicina recurrió a una empresa de relaciones públicas, la compañía William Douglas McAdams, dirigida por el psiquiatra Arthur Sackler. Una decisión que por entonces fue revolucionaria.

Pfizer Drug-Detailing Memo, octubre de 1954.

Bajo la dirección de Sackler, Pfizer aumentó sus ventas de forma espectacular. La campaña consistía en convencer a los médicos que la Terramicina, y posteriormente la Tetraciclina, deberían de estar indicadas en todas las infecciones, desde las vias respiratorias altas hasta las del tracto urinario. La «presa» descrita en un documento de ventas interno de Pfizer de 1954 titulado «Easy Prey for Terramycin» se refería no a los microbios que mataba la Terramycin, sino a los médicos prescriptores cuyo comportamiento podría ser fácilmente influido por las tácticas de marketing. El presidente de Pfizer, John McKeen, estimó en 1950 que los antibióticos podían considerarse justificados en el 30- 50% del total de pacientes vistos por los médicos. Entre 1950 y 1956, esa estimación se convirtió en una profecía autocumplida, ya que el consumo de antibióticos en Estados Unidos casi se quintuplicó, con la consecuencia, entre otras, de múltiples efectos adversos e incremento de las resistencias a los antibióticos.

Pfizer y sus competidores perfeccionaron muchas de las técnicas de promoción que ahora son comunes en el mercadeo de medicamentos recetados: regalos, muestras gratuitas, comidas y bebidas gratuitas, publicidad en revistas, nvíos por correo… Pfizer estaba a la vanguardia, en gran parte gracias a Arthur Sackler: “Ningún individuo hizo más para moldear el carácter de la publicidad médica que el talentoso Dr. Arthur Sackler. Su contribución fundamental fue llevar todo el poder de la publicidad y la promoción al marketing farmacéutico».

La decisión de permitir que los especialistas en marketing influyan en la prescripción de medicamentos, fue solo eso: una decisión. Los opiáceos farmacéuticos, por ejemplo, estaban regulados por la Oficina Federal de Estupefacientes (FBN) de 1929 a 1968, cuando Winthrop Chemical Company presentó el primer opiáceo completamente sintético, Demerol (meperidina), en 1944, lo lanzó con una campaña de publicidad con el apoyo de médicos influyentes y diciendo que «la adicción era de bajo riesgo». Pero la FBN consideró ilegítimas muchas de estas estrategias, prohibio algunos anuncios y realizó su propias advertencias… Con ello, la FBN permitió que se incorporara un medicamento realmente innovador al arsenal médico sin aumentar drásticamente la prescripción y el uso general de opiáceos. Por contra, cuando el senador Kefauver investigó la industria farmacéutica, consideró que la influencia de Sackler sobre los médicos era propia de la mafia y ele crimen organizado.

En 1952 Frederick Sackler y sus dos hermanos psiquiatras, Raymond y Mortimer compraron la pequeña compañia Perdue. En 1995, Purdue lanzó al mercado su opiáceo de acción prolongada OxyContin, con un enfoque publicitario agresivo para el dolor no relacionado con el cáncer. Los médicos fueron una presa fácil de esta campaña con la consecuencia de que ahora estamos ante una de las epidemias iatrogénicas más grandes de la historia.

Un reciente artículo de Globe concluye que “necesitamos mejores cortafuegos. Depende de los médicos protegerse a sí mismos, y a sus pacientes, de las artes oscuras practicadas por Purdue y otras compañías farmacéuticas”.

Sin embargo, ni el problema ni la solución son nuevos. Desde la década de 1950 en adelante, se ha demostrado la necesidad de crear barreras entre el marketing farmacéutico y la educación médica. Un marketing que en diversos conceptos invertía en EEUU más de 20,3 mil millones de dólares.

Dados estos números, vale la pena preguntar: ¿Puede un cortafuegos realmente ser suficiente para atajar este matrimonio entre el marketing y la innovación médica.