La crisis del coronavirus y el insostenible modelo de cuidado de mayores

No suele pasar, pero en las últimas semanas una gran parte de la sociedad mira a las residencias de mayores. Las razones para ello son dramáticas: allí se encuentran las personas que, por su edad y estado de salud, constituyen el principal grupo de riesgo ante el covid19. Por ello, es en estos espacios donde deberían extremarse las prevenciones y cuidados para evitar que la pandemia se cobre vidas humanas.

Sin embargo, desde que empezó la crisis sanitaria, las profesionales de los centros —son mayoritariamente mujeres las que allí trabajan y las que denuncian— han desmentido este supuesto. Y el parte de personas fallecidas no ha hecho más que corroborar lo que las trabajadoras señalan: la tarde del 27 de marzo, según un recuento de la agencia Europa Press eran ya 1.615 las personas fallecidas por coronavirus. El número más elevado por mucho, 1.065, en la Comunidad de Madrid. Las cifras han de tomarse con precaución, pues varían continuamente y, al no haberse realizado el test en muchos de estos casos, son imprecisas.

Tras la primera semana de estado de alarma y ante la situación que empezaba a trascender desde las residencias, el pasado sábado 21 el Gobierno dispuso que la Unidad Militar de Emergencias (UME) pudiera intervenir en estos dispositivos. Dos días después, en la televisión, la titular de Defensa, Margarita Robles, contaba cómo estas unidades habían encontrado escenarios de gran preocupación, con cadáveres entre los ancianos. Señalados quedaban centros  privados que, mediante la ocultación de fallecimientos, habrían intentado evitar el cierre.

El jueves 26, en un reportaje de El Salto Madrid, trabajadoras de residencias de gestión pública en la Comunidad de Madrid desmentían que la falta de prevención y el abandono de cadáveres fuera un problema circunscrito a residencias privadas de escasa fiscalización. En la propia red de gestión pública las profesionales afrontan la pandemia sin material de prevención, angustiadas ante la eventualidad de contagiar a las personas que cuidan. Las fuentes desvelaban así un dramático abandono institucional: su muestra más dura, cuerpos sin vida que permanecían en las instalaciones entre 24 y 48 horas.

¿Cómo puede ser que una población de riesgo, institucionalizada, sea una presa tan fácil para la enfermedad? “A quienes llevamos un tiempo investigando las residencias esto no nos sorprende”, comenta a El Salto Raúl Camargo, ex diputado de Podemos en la Asamblea de Madrid. En los cuatro años que ocupó el cargo, Camargo recorrió las residencias regionales de la mano de trabajadoras y familiares: “Todo lo que está saliendo a la luz ahora es dantesco, pero puede salir aún más”, enfatiza el integrante de Anticapitalistas.

DE UNA “NORMALIDAD” INSOSTENIBLE A UNA CRISIS LETAL

Muchas de las demandas de familiares y trabajadoras confluyeron el pasado septiembre en la Marea de Residencias. Un movimiento asambleario que aglutinaba gentes de la Comunidad de Madrid pero también del País Vasco o Galiza. Carmen López, integrante de esta red, ha experimentado en estas últimas semanas de qué manera se concretan, en una crisis sanitaria sin precedentes, las consecuencias de la situación de escasez de recursos o insuficiencia de personal que llevan años denunciando. Y si bien ha notado algunos cambios después de que, en los días posteriores a la declaración del estado de alarma, el clamor por la insuficiencia de recursos de todo tipo en las residencias fuera masivo, considera que estos avances están lejos de ser suficientes.

Y cuando López habla de insuficiencia se refiere tanto a los materiales de protección como a la función de la UME, que “desinfecta los espacios exteriores, pero las trabajadoras y trabajadores entran y salen en tres turnos diarios: van en transporte público, caminan por la calle, van al supermercado”. Esta profesional cree que los centros deberían ser directamente intervenidos, pues, como muestran los números: “Una vez que entra el covid19 en una residencia avanza de forma desmesurada y a pasos agigantados”.

Las negligencias en la prevención, la insuficiencia de personal o la falta de previsión de reposición ante las bajas de trabajadoras con síntomas forman parte de la habitual dejadez institucional hacia estos centros

Las negligencias en la prevención, la insuficiencia de personal, la no previsión de reposición ante las bajas de trabajadoras con síntomas, encajan para esta profesional en la dejadez institucional para con estos centros. Su diagnóstico es rotundo: “Todas las residencias en cualquier comunidad autónoma funcionan mal”. E invita a mirar hacia Euskadi: “En principio son las que mejor están, las que tienen mejores ratios, y míralas, llevan mucho tiempo en huelga”.

Miramos hacia Euskadi, efectivamente la comunidad autónoma con mejores ratios. ¿Cómo empieza, habitualmente, el día de una persona internada en una residencia? Con estrés, lamenta Ane Sastre, delegada sindical de ELA.  “Tenemos 15 minutos por persona, en ese tiempo le tienes que levantar la persiana, darle los buenos días, ayudarle a despertarse, levantarle, llevarle al aseo, limpiarle, vestirle o en el caso de los hombres afeitarle. Vamos siempre corriendo y la palabra mágica es espera”.

Las trabajadoras denuncian no tener materiales para prevenir los contagios ni tiempo para dar cariño y tranquilizar a las personas a las que atienden y que viven la situación aislados y en medio del desconcierto

Si en tiempos de “normalidad” el funcionamiento de las residencias se mantiene “gracias al sobreesfuerzo de las trabajadoras”, con la llegada de la crisis se ha pasado de un escenario de precariedad e insuficiencia del personal —y en consecuencia, de mala calidad del servicio—, a una cuestión de vida o muerte en la que las trabajadoras denuncian no tener ni los materiales para prevenir los contagios ni el tiempo para dar cariño o para tranquilizar a las personas a las que atienden y que viven la situación aislados, a la espera, en medio del desconcierto.

VIDAS QUE IMPORTAN MENOS

Daniel Prieto es doctor en sociología y ha investigado la representación de la vejez. Si le preguntas qué valor social se le da a las personas mayores que posibilita que las alerta sanitaria les haya encontrado en este estado de vulnerabilidad, se cabrea un poco: “Pareciera que hablamos de un colectivo homogéneo con necesidades similares por el hecho de haber alcanzado cierta cifra en el DNI, de forma que el resto de características personales se diluyen haciendo de la parte el todo. Así, una persona mayor es antes ‘mayor que persona’”, señala.

En esta deshumanización parece consistir parte del problema: arrejuntados bajo el arquetipo de dependencia, algo que no se corresponde con la realidad de la mayoría de personas que pasan los sesenta años, pagan esto con su agencia: “La dependencia encierra un valor despersonalizante, nos hace menos sujetos, menos individuos”. El supuesto de dependencia permitiría que “expertos o instituciones adopten decisiones en torno a estas personas sin tener en cuenta sus deseos y consideraciones respecto a sus propias vidas”.

El hecho de que las personas mayores que no son dependientes supongan la excepción en los centros, dificulta que sean los principales afectados quienes denuncian su propia situación: “Facilita ese funcionamiento de caja negra por el que solo nos enteramos de lo sucedido en su interior cuando acontece la tragedia”.

Para Sancho la situación en la que se encontraban hasta ahora las personas mayores y que ha explotado en la crisis sanitaria tiene que ver en la “desigualdad en su valor social y, en consecuencia en el trato que reciben”

Para Sancho la situación en la que se encontraban hasta ahora y que ha explotado en la crisis sanitaria tiene que ver en la “desigualdad en su valor social y, en consecuencia en el trato que reciben. No olvidemos que hay amplia evidencia científica que demuestra que en el trasfondo de los malos tratos están los estereotipos”.

A la relegación social de las personas internas en las residencias se une el escaso valor que se da al trabajo de cuidados y que redunda en las precarias condiciones laborales de sus profesionales. “Esto lo hacíamos antes las mujeres en casa gratis, y ahora que lo hacemos profesionalmente nos tratan como si tuviésemos que estar agradecidas por cobrar para nuestros caprichos”, ironiza Sastre.

Jornadas parciales que implican ir varias veces a los centros en un mismo día, gente con hasta 17 turnos distintos semanales, todo por un salario escaso, “¿cómo se vive así?”, se pregunta la sindicalista, “¿cómo se concilia?”. Para la integrante de ELA la subcontratación de la gran mayoría del personal, y el hecho de que se trate de un sector feminizado, son los factores que alimentan la naturalización de sus precarias condiciones laborales.

REPENSAR O SUPERAR LAS RESIDENCIAS

“La vida en las residencias normalmente es triste ya de por sí”, recuerda Carmen López, señalando una vez más las consecuencias de la falta de recursos: “Las actividades prácticamente no existen o son mínimas, hay un abandono total por parte de las instituciones que las han relegado a un último plano y ahora estamos viendo pues, de aquellos barros, estos lodos”. Esta profesional espera que pasada esta etapa dramática se haga “un profundo análisis de las atrocidades que se han cometido en las residencias con los recortes y la privatización de lo público en general”.

“Mucha gente tiene que estar sintiendo vergüenza ahora mismo”, reflexiona Ane Sastre, y reivindica que es esto lo que han estado denunciando como profesionales en una huelga que ha durado 243 días y que decidieron aplazar el pasado 13 de marzo. “Cuando esto acabe, volveremos con más fuerza que nunca, pues nada puede volver a ser como antes. No vamos a dar ni un paso atrás”.

“Cuando esto acabe, volveremos con más fuerza que nunca, pues nada puede volver a ser como antes. No vamos a dar ni un paso atrás”, declara Sastre

Es en la dinámica neoliberal de privatización descarnada y búsqueda a toda costa de beneficios —dejando abierto el negocio a empresas piratas o fondos de inversiones— donde tanto las profesionales como Camargo ponen el foco. Para que haya un cambio de modelo, el político ve fundamental revertir este proceso, y confía en que esta situación haya despertado una mayor conciencia social, pero no cree que haya voluntad política para ello, al menos en la Comunidad de Madrid.

Es lo que le dice su experiencia. En la anterior legislatura llegaron a tramitar una ley para mejorar la situación en las residencias, pero Ciudadanos y el Partido Popular la frenaron: “No veían problema con la ratio y nos acusaron de querer crear alarma social”. Quizás el Gobierno pueda avanzar con una legislación básica estatal fijando ratios mínimos, aventura.

Estamos en guerra?

Ctxt.. Santiago Alba Rico / Yayo Herrero 22/03/2020

No es una guerra, es una catástrofe. Para esta batalla no se necesitan soldados sino ciudadanos; y esos aún están por hacer. La catástrofe es una oportunidad para ‘fabricarlos’

Se ha impuesto con inquietante espontaneidad la metáfora de la “guerra” como imagen y justificación de las radicales medidas tomadas contra el virus. Conte en Italia, Macron en Francia, Sánchez e Iglesias en España han declarado la “guerra” al virus o han hablado sin cesar de una “situación de guerra”. En nuestro país, al mismo tiempo que se desplegaba el Ejército en algunas ciudades, hemos visto al portavoz de Sanidad, Fernando Simón, escoltado en las ruedas de prensa por el JEMAD general Villarroya, cuyas intervenciones, por su parte, adoptan muchas veces el tono de una arenga de trinchera: habla de una “contienda bélica” y de una “guerra irregular” en la que todos “somos soldados”, invocando una “moral de combate” y reivindicando los “valores militares” para afrontar la amenaza colectiva.

Digámoslo con toda claridad: lo que estamos viviendo no es una guerra, es una catástrofe. En una catástrofe puede ser necesario movilizar todos los recursos disponibles para proteger a la sociedad civil, incluidos los equipos y la experiencia del Ejército, pero el hecho de que una catástrofe exija tomar medidas de excepción, no autoriza sin peligro a emplear una metáfora que, como todas las metáforas, transforma la sensibilidad de los oyentes y moldea la recepción misma de los mensajes. Llamar a las cosas por otro nombre, si no estamos haciendo poesía, si estamos hablando además de cuidar, curar, repartir y proteger, puede resultar una pésima política sanitaria; una pésima política. Ahora que estamos afrontando la realidad –frente al mundo de ilimitada fantasía en que habíamos vivido en Europa las últimas décadas– no deberíamos deformarla con tropos extraídos del peor legado de nuestra tradición occidental. Como marco de apelación, interpretación y decisión, la metáfora de la guerra –salvo que la utilicen los médicos y los sanitarios abrumados por las muertes que no pueden evitar– nos debe suscitar una enorme preocupación.

Guerra, ¿contra quién? ¿Quién es el enemigo? En cuanto pronunciamos la palabra “guerra” comparece ante nuestros ojos un humano negativo que merece ser eliminado. Con esta metáfora de la guerra, en efecto, ocurre algo paradójico: se humaniza al virus, que adquiere de pronto personalidad y voluntad. Se le otorga agencia e intención y se deshumaniza y criminaliza a sus portadores, que en realidad son las víctimas1. El enemigo de este desafío sanitario, si se quiere, está potencialmente dentro de uno mismo, lo que excluye de entrada su transformación en objeto de persecución o agresión bélica.

Por eso, esta resbaladiza idea de “guerra” da razón sin querer a los que, llevados de un pánico medieval, acaban convirtiendo en enemigos a los portadores del virus, olvidándose de que ellos mismos –al menos potencialmente– también lo son. Sólo se puede hacer la guerra entre humanos y a otros humanos y, si hay que “guerrear” contra el virus, acabaremos haciendo la guerra contra los cuerpos que lo portan o, lo que es lo mismo, contra la propia humanidad que queremos bélicamente  proteger. En estado de “catástrofe” es sin duda muy necesario “reprimir” severamente, como se hace con los transgresores del código de circulación, a quienes violan el confinamiento poniéndose en peligro a sí mismos, a sus vecinos y al sistema sanitario en general, pero ni siquiera esos pueden ser los “enemigos” de una “contienda bélica”, salvo que queramos confundir, en efecto, el virus con sus potenciales portadores, y generar, además, una “guerra” civil entre los potenciales portadores.

¿Vale el discurso del enemigo para atajar el efecto de un virus? Los seres humanos somos vulnerables y frágiles. Nuestra historia  ha estado y está atravesada por la enfermedad y la exposición al hambre, los virus y el abandono. Hemos sobrevivido construyendo relaciones con la naturaleza y entre las personas para tratar de minimizar el riesgo y la inseguridad. El cuidado y la cautela, el apoyo mutuo, la cooperación, la sanidad y educación pública, las cajas de resistencia, el reparto de la riqueza han sido los inventos que han ido poniendo las sociedades en marcha –de forma marcadamente desigual e injusta en ocasiones– para asumir y bregar con el inconveniente de que la vida transcurra encarnada en cuerpos que son frágiles y vulnerables e incapaces de vivir en solitario.

Un virus no es un enemigo consciente y malvado, es un riesgo inherente a la propia vida. Lo terrible es construir sociedades ajenas e ignorantes de que los virus, la enfermedad, la mala cosecha o la tempestad existen. Construir economías y políticas sobre la fantasía del ser humano, como un ser sin cuerpo y sin anclaje en la tierra que le sustenta es lo que genera una guerra contra la vida,  contra los ciclos, contra los límites, los vínculos y las relaciones. En los momentos de bonanza se esconden e invisibilizan, restándoles valor y despreciando, precisamente las tareas, oficios y tiempos de cuidado que solo se hacen visibles en las catástrofes y en las guerras.

La guerra, violencia armada, es precisamente la negación del cuidado, masculinidad errada, justificación del sacrificio de vidas humanas en aras de una causa superior. Ahora bien, no debemos olvidar que aquí la “causa superior” es precisamente la salvación de todas y cada una de las vidas humanas en peligro. No se trata de dar virilmente la vida por la causa gritando viva la muerte, sino que la causa es el mantenimiento de la propia vida. No existirá una victoria final que dependerá de la disciplina y de la conversión en soldados, como señalaba en su comparecencia el General Villarroya. El sacrificio al que se apela, tanto en la catástrofe como en la retaguardia de cualquier guerra, no es más que la intensificación de la lógica del cuidado, de la precaución, del sostenimiento cotidiano e intencional de la vida en tiempos de catástrofe, que son los mismos esfuerzos que hay que hacer para sostenerla cotidianamente.

En toda guerra, decía Simone Weil, la humanidad se divide entre los que tienen armas y los que no tienen armas, y estos últimos están siempre completamente desprotegidos, con independencia del bando o la bandera. En el estado de catástrofe actual, los españoles, todos potencialmente víctimas del virus, se dividen, en cambio, entre los que no pueden hacer confinamiento y los que sí pueden hacer confinamiento o, si se prefiere, entre los que se exponen más o se exponen menos al virus. Los que se exponen más al virus –el personal médico, los transportistas, las cajeras de supermercado, las limpiadoras y cuidadoras, etc.– ni tienen armas ni se pelean entre sí con el propósito de proteger a los “suyos”. Al contrario de lo que ocurre en las guerras, este “anti-ejército desarmado” –provisto solo de microscopios, termómetros, bayetas, manos y sentido del deber– ni se hace la guerra ni se la hace a los que están encerrados en sus casas, menos expuestos y completamente desarmados. Es, como dice Leila Nachawati, exactamente lo contrario: se exponen para protegernos a todos, a sabiendas de que de esa forma también se protegen a sí mismos y al orden civilizado del que dependen y que depende de ellos. Por eso debemos admirarlos y apoyarlos; y por eso es una irresponsabilidad inmoral y suicida incumplir la normativa sanitaria. Pero si hay una situación distante de la guerra –en su temperatura ética, anti-identitaria y “universal”– es precisamente la catástrofe que estamos viviendo. En todo caso, lo que opera en contra de la “causa superior” –la salvación de todas y cada una de las vidas humanas en peligro– son las medidas económicas tomadas en la última década y las políticas que ahora es necesario corregir a toda prisa para proteger a los socialmente vulnerables. En este sentido, y allí donde la responsabilidad individual y la institucional, donde lo común y lo público, se cruzan, nuestros políticos y nuestras élites económicas son más responsables –pues conjugan ambas condiciones– que los ciudadanos privados.

No es una guerra, es una catástrofe. Es verdad que para dos generaciones de europeos (en otros sitios la verdadera guerra es su normalidad cotidiana) esta paliza de realidad es lo más parecido a un conflicto bélico que hemos vivido. Pero la crisis del coronavirus es en sustancia lo contrario de una guerra. Que sea “lo contrario” de la guerra también merece un análisis en profundidad. Lo real no se nos ha presentado como mala voluntad o identidad belicosa sino como contingencia impersonal adversa en un contexto capitalista que (aquí sí está justificada la metáfora) lleva años haciendo la guerra a la naturaleza, los cuerpos y las cosas. Es la “impersonalidad” no bélica de la catástrofe capitalista la que hay que revertir y transformar: por eso es tan importante esta convergencia trágica de responsabilidad individual e institucional que nos muestra ahora la importancia de los cuidados personales y colectivos. El fin del capitalismo puede estar acompañado de guerras pero no será una guerra: su anticipo y su metáfora, como colofón de su dinámica interna de ilimitación incivilizada, es este “virus” sin cara y replicante que aparecerá una y otra vez, y cada vez más, en forma de “catástrofe”. Para esta batalla no se necesitan soldados sino ciudadanos; y esos aún están por hacer. La catástrofe es una oportunidad para fabricarlos.

No es una guerra, es una catástrofe. La imagen del ejército en la calle –y hasta la de un general en una rueda de prensa– puede estar justificada pero también inquieta, política y antropológicamente. Para que dejen de inquietar –y hasta nos alegremos de su presencia, si es que es realmente necesaria– sería indispensable que nuestros políticos (todos hombres, por cierto) dejen de inscribir su intervención en el marco de una “guerra”, de una “contienda bélica”, de una recuperación de los “valores militares”. Sólo los médicos pueden hablar de “guerra” y, en cuanto al espíritu de “sacrificio”, citado por el general Villarroya, quizás deberían ser las “madres”, y no los militares, las que nos diesen lecciones. Un amigo muy inteligente nos dice que necesitamos ejemplos movilizadores y épica salvífica. Es verdad. Pero esto no es una guerra, es una catástrofe. Bastante duro es afrontar una “catástrofe” como para que, además de temer al virus, acabemos temiendo a nuestras co-víctimas y a los que están intentando protegernos. Los ejemplos ya los tenemos y son tan banales como los de la maldad arendtiana a la que se oponen; y la épica también existe y es igualmente de andar por casa: la de ese hombre o mujer que, en el balcón de enfrente, a cuatro metros de distancia, descubre de pronto en su odioso vecino (al que hasta ayer estrechaba la mano con indiferencia o desagrado) una existencia afín y casi amiga a la que no puede abrazar. No deja de ser hermosamente paradigmático que sea en una situación de aislamiento social impuesta, cuando los besos y los abrazo se proscriben, cuando de repente conocemos los nombres de quienes viven en nuestro bloque, nos preocupamos de si tienen alimento o necesitan medicinas.

Esto no es una guerra, es una catástrofe. Al contrario que en una guerra, no hay ninguna causa superior que la salvación de todas y cada una de las vidas humanas. Venceremos sólo si no hay víctimas humanas. O son las menos posibles.

Venceremos quizás esta vez. Pero habrá que prepararse para la siguiente y esta sacudida que reordena las prioridades puede ser un entrenamiento crucial.

 

Valoración de la Plataforma de la pandemia: Las paradojas del covid-19

Paradojas de la pandemia covid-19

Por insólito que resulte, estamos asistiendo a como un problema de salud se ha convertido en la máxima prioridad mundial, prevaleciendo sobre los mercados y la economía. No hay precedentes, porque en nuestra sociedad siempre ha ocurrido lo contrario: la salud se ha subordinado al denominado crecimiento económico, es decir, al desarrollo del capitalismo, y de ello hay múltiples ejemplos. Pero, a fecha de hoy, no cabe ninguna duda de que las medidas de salud pública han paralizado la actividad productiva y comercial.

La paradoja se tiene que explicar por la concurrencia de distintos hechos vinculados al coronavirus: el temor a un más que probable colapso de los servicios sanitarios por la alta capacidad de transmisión del covid-19; las incertidumbres y la indefensión farmacológica ante la pandemia; la experiencia exitosa de gestión en China; y el añadido del “gran hermano” en forma de miedo viralizado (virus + desconfianza) alentado desde diferentes frentes.

No terminan aquí las paradojas, la crisis del covid-19 dejará huella porque la linea de defensa se aleja del individualismo y pone en valor lo que nos une y no lo que nos separa, un (sobre)vivir juntos y una experiencia sociológica colectiva en la que “la vacuna somos todos”. La pandemia de coronavirus nos dice que el objetivo, no es el que nos enseña el dogma neoliberal, sino que desde la responsabilidad individual es necesariamente comunitario.

En la atención médica, la pandemia desvela la trascendencia de la sanidad pública y universal, y cómo no se puede confiar en el sector médico privado ante una crisis grave de salud colectiva. También ha puesto en evidencia el imprescindible protagonismo de la epidemiología y los servicios de salud pública, habitualmente en situación de marginación. Es decir, si queremos superar esta epidemia y estar preparados para la siguiente (y habrá una próxima epidemia) es necesario reorientar la atención sanitaria hacia la salud pública y reforzar los sistemas sanitarios de acceso universal para que generen “valor público”. Así mismo, es preciso cambiar el actual modelo comercial de la investigación biomédica, basado en el beneficio de los accionistas , los medicamentos “rentables” y la medicalización, para su reorientación hacia las necesidades reales de salud.

El Covid-19 dejará huella porque está impactando de forma considerable en los sistemas sanitarios, pero más aún, si cabe, en las economías globales. Las principales bolsas mundiales registran pérdidas que en algunos casos superan al ‘crash’ de 2008. Entonces, la burbuja de las subprime fue el impulso para una crisis global sin precedentes. Hoy el Covid-19 parece que será,el que impulse la próxima crisis global, con el riesgo, una vez más, efecto, de poner en primer término la debilidad y las insuficiencias de la infraestructura social, que debería de ser con urgencia la máxima prioridad de los gobiernos.

El terremoto de daños que esta causando el coronavirus, replica y agudiza los problemas sistémicos de nuestro modelo de sociedad, basado en las desigualdades sociales y la deforestación, urbanización e industrialización desenfrenada. Si queremos reducir estos daños, ahora y en el futuro, debemos aclarar nuestras prioridades: investigar en aquello que genere valor público, apostar por la atención médica universal, invertir en salud pública y construir una verdadera red de seguridad y justicia social.

Plataforma por la Salud y la Sanidad Pública de Asturias