Psiquiatria y neoliberalismo

James Davies: «La psiquiatría medicaliza problemas que en realidad son sociales»

James Davies: "La psiquiatría medicaliza problemas que en realidad son sociales"
James Davies, profesor de Antropología y Psicoterapia en la Universidad de Roehampton (Reino Unido). En Sedados (Capitán Swing) revela qué falla para que, a pesar del enorme aumento del consumo de psicofármacos, las enfermedades mentales no dejen de subir.
Las prescripciones psiquiátricas han aumentado en el Reino Unido un 500% desde 1980, en todos los países occidentales han registrado una enorme subida. Sin embargo, los problemas de salud mental no sólo no han disminuido sino que han crecido. ¿Cómo es posible?
Creo que fundamentalmente se debe a que hemos adoptado un enfoque equivocado, un enfoque que medicaliza y medica en exceso reacciones humanas comprensibles a las circunstancias difíciles a las que a menudo nos enfrentamos.
¿Es casualidad que ese aumento del consumo de fármacos psiquiátricos comenzara en la década de los 80?
No, no es casualidad. Desde la década de 1980 el sector de la salud mental ha evolucionado para servir a los intereses del capitalismo actual, del neoliberalismo, a expensas de las personas necesitadas. Y eso explica por qué los resultados sobre salud mental no han mejorado durante ese período de tiempo: porque no se ha tratado de ayudar a los individuos, se ha tratado de ayudar a la economía.
¿Puede darnos algún ejemplo de ese vínculo entre la psiquiatría y el neoliberalismo al que alude?
Desde el punto de vista del neoliberalismo, el actual enfoque de sobre-medicalización funciona por varias razones: para empezar, porque despolitiza el sufrimiento, conceptualiza el sufrimiento de manera que protege a la economía de las críticas. Un ejemplo lo vemos en la insatisfacción de muchos trabajadores. Pero esa insatisfacción, en lugar de dar pie a un debate sobre las malas condiciones de la vida laboral moderna, se aborda como algo que va mal dentro del trabajador, algo que necesita ser afrontado y cambiado. Y podría darle muchos otros ejemplos.
¿Se trata entonces de convertir un problema social en un problema individual?
Sí. Se trata de reducir el sufrimiento a una disfunción interna, a algo que va mal dentro de nosotros, en lugar de verlo como una reacción de nuestro organismo antes las cosas malas que están sucediendo en el mundo y que necesitan nuestra atención y cuidado.
Los datos muestran que las personas con peores condiciones económicas, las más afectadas por el desempleo y la pobreza, son a las que más psicofármacos se receta. ¿Tiene eso también algo que ver con la economía?
-Absolutamente. Sólo hay que ver lo que ha ocurrido durante la pandemia. Las madres solteras que viven en grandes bloques de edificios en ciudades tenían tres veces más probabilidades de sufrir depresión y ansiedad que las personas con una casa en el campo con un gran jardín. Las circunstancias en las que uno se encuentra determinan su estado mental. Pero en lugar de centrarnos en esas circunstancias a través de reformas políticas, lo que hacemos es medicalizar el problema y pensar que podemos tratarlo en clínicas y centros de salud. Ese ha sido el principal problema durante los últimos 40 años, la arrogante idea de que a través de una píldora podemos resolver problemas que no tienen sus raíces en la neuroquímica, sino en el mundo. Y, en última instancia, es en reformas políticas en lo que tenemos que pensar si queremos resolver ese problema.
Y ese enfoque de la psiquiatría en línea con el neoliberalismo, ¿considera que es deliberado?
Bueno, ha habido poderosos intereses industriales que han apoyado la sobre-medicalización de la vida cotidiana. Eso ha sido muy bueno para la industria farmacéutica, porque cuantas más personas puedan ser clasificadas como enfermas mentales o con trastornos mentales, mayor será el mercado para los productos que aparentemente resuelven el problema. La industria farmacéutica ha promovido absolutamente esa idea de manera muy calculada durante los últimos 30 años. Por otro lado, en lo que respecta a los gobiernos no creo que hayan estado necesariamente conspirando junto con la industria farmacéutica. Creo que más bien ha tenido con ver con ideologías e ideas que parecen encajar con las suyas, y de ese modo han privilegiado formas de intervenir y de pensar sobre el estrés y la angustia que encajan con sus criterios. En ese sentido, la narrativa despolitizadora es buena desde el punto de vista de político. Esa alianza mutua entre industria farmacéutica y poderes políticos ha ido evolucionando lentamente durante 40 años y es la que nos ha llevado a la situación en la que ahora nos encontramos. No creo que esa alianza haya sido algo necesariamente calculado, simplemente ha sido el resultado inevitable de que ambos encuentren algún tipo de apoyo el uno en el otro.
¿El neoliberalismo no es entonces sólo un paradigma económico?
No. Sabemos por la historia social que el paradigma económico dominante en una época da forma a las instituciones sociales, las moldea de manera que se adapten a ese sistema. Así que todas las instituciones sociales, en un grado u otro, cambian para servir a esa superestructura más grande. Lo hemos visto en las escuelas, en las universidades, en los hospitales… ¿Por qué no iba a suceder también en el campo de la salud mental? Por supuesto que sucede.
Al final, ¿la psiquiatría está haciendo más daño que bien?
Creo que si la psiquiatría no reconoce hasta qué punto es cómplice de un sistema que hace daño, ella misma está haciendo daño. La psiquiatría puede evolucionar, ver en qué medida es cómplice y puede cambiar. La psiquiatría es una institución social que por naturaleza no es dañina, todo depende de cómo opere como institución social. Y en este momento como institución social, y visto lo que privilegia, diría que en muchos casos está haciendo más daño que bien. Los datos que proporciono en mi libro sobre la prescripción a largo plazo de psicofármacos creo que lo ilustra muy bien. Esos datos muestran que esos medicamentos no sólo no están generando los resultados que esperaríamos de un servicio eficaz sino que, además, están haciendo daño a muchas personas que se ven afectadas negativamente por esos tratamientos largo plazo. Y en tercer lugar, esos fármacos están costando una enorme cantidad de dinero. Juntando todo eso, creo que efectivamente en estos momentos la psiquiatría como institución social no está actuando como debería hacerlo.
Dice que la psiquiatría está híper-medicando a muchos pacientes… Pero supongo que hay personas que necesitan realmente medicación, ¿no?
Sí, estoy de acuerdo. Yo no soy anti-fármacos ni anti-psiquiatría. La psiquiatría juega un papel en la sociedad, la medicación psiquiátrica juega un papel para las personas gravemente angustiadas. De hecho la investigación muestra que recetar medicamentos psicotrópicos a corto plazo puede ser muy útil y ventajoso. Lo que yo critico es la extensión excesiva de un sistema que ahora se aproxima a que a una cuarta parte de nuestra población adulta se le recete algún un tipo de medicamento psiquiátrico al año. Ese sistema está completamente fuera de control. Es esa extralimitación lo que critico, el que se medicalicen problemas que en realidad son sociales y psicológicos y por lo tanto habría que abordar con intervenciones sociales y psicológicas. Sí, hay un papel para la psiquiatría en la sociedad, pero no el que representa en la actualidad.
Cuando habla de intervenciones psicológicas, ¿se refiere a hacer terapia?
Creo que hay diferentes formas de proceder. Creo que la terapia juega un papel, pero me parece que también debemos reconocer que la terapia en el pasado ha sido responsable de reducir los problemas a disfunciones internas, a dinámicas familiares o a incidentes del pasado. Debemos entender que las familias se insertan en sistemas sociales más amplios. No se puede reducir el sufrimiento a la familia, porque la familia muchas veces es expresión de algo más. Un padre que llega a casa de un humor de perros puede que lo haga porque está deprimido con su trabajo, porque peligra su empleo o porque su salario no le llega. Esos son factores que pueden hacer que la vida familiar sea muy difícil y, si los terapeutas no son conscientes de ello es un gran problema. Creo que la terapia que tiene en consideración los problemas políticos y sociales puede ser de gran apoyo para crear conciencia no sólo de los problemas inmediatos, sino también de estructuras más amplias y de cómo estas afectan a la salud. Ese tipo de terapia es muy valiosa. Hay muchas intervenciones psicológicas que pueden ser muy útiles, pero no creo que debamos detenernos ahí.
¿Qué más habría que hacer?
Creo que también deberíamos reconocer que hay determinantes sociales muy serios y reales de la angustia, y la única forma de encararlos es a través de políticas sociales. Necesitamos pensar más qué tipo de políticas deberían implementarse para resolver la crisis actual en la que nos encontramos. Las reformas políticas deben ser el pilar central de cualquier reforma de salud mental.
¿Y cree que se hará?
Si la historia es una guía válida, sabemos que los paradigmas económicos ascienden y caen. Lo hemos visto en los últimos 200 años, y sospecho que mucha gente está pensando que el neoliberalismo como paradigma económico está llegando a su fin. En cuanto a lo que venga tras el neoliberalismo, espero que sea algo con un estilo más humanista, una especie de capitalismo de economía mixta. Creo que eso podría encajar con una visión de la salud mental que privilegie las intervenciones políticas, sociales y psicológicas sobre los psicofármacos, sabiendo por supuesto que hay un espacio para los psicofármacos, pero menor al que ocupan ahora. Es muy difícil saber con certeza dónde vamos a estar, pero considero que no habrá una reforma de la salud mental hasta que haya reformas políticas y económicas.
¿Cómo han reaccionado los psiquiatras ante su libro?
Hasta ahora la reacción ha sido bastante buena. Tengo amigos que son psiquiatras, no veo de ninguna manera a los psiquiatras o a los médicos de atención primaria como enemigos. Son buenas personas que intentan hacer un buen trabajo en circunstancias muy, muy difíciles y que a menudo son víctimas de un sistema estructural más amplio, como lo son las personas que acuden a ellos en busca de ayuda. A los psiquiatras con los que he hablado les interesa el análisis que hago, un análisis en el que trato de ir más allá de culpar a un psiquiatra o un hospital y en el que examino los motivos estructurales que nos han llevado a esta situación. Y creo que eso es interesante para muchos psiquiatras. Pueden estar de acuerdo o en desacuerdo con mi argumento, pero la mayoría me parece que simpatizan con el análisis y su intención. Además, el libro no sólo critica a los psiquiatras, sino también a los terapeutas y psicólogos, quienes también son responsables de despolitizar, mercantilizar y privatizar la angustia y el estrés.
La pandemia, ¿ha hecho más evidente que necesitamos un cambio de paradigma?
Creo que sí. Creo que la pandemia ha demostrado la extensión en que las circunstancias, las relaciones y las situaciones afectan a la salud mental, y esa narrativa se ha reforzado porque toda la población ha tenido un cambio de circunstancias que para muchas personas ha supuesto un fuerte impacto en la forma en que se sienten y funcionan. El modelo social de la angustia y el estrés ha ganado credibilidad como consecuencia de lo que hemos visto. Y también hemos visto a más personas reconocer que medicalizar la angustia no sólo no resuelve el problema, sino que no es viable. En el Reino Unido, por ejemplo, ha habido un fuerte impulso para desmedicalizar la angustia y el estrés porque el servicio de salud no es capaz de hacerles frente. Por primera vez en 40 años, organismos importantes como el de salud pública de Inglaterra decían: «Su angustia y estrés no son problemas médicos. No acudan a nosotros, tenemos las manos atadas. Tenemos demasiada gente en este momento, es un problema social». Es justo lo contrario de lo que nos han estado diciendo durante mucho tiempo. Ahora se da más crédito a nuevas narrativas, veamos cómo evoluciona eso.

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